Una tarde fresca en el centro de la Ciudad de México, Carlos Slim, el hombre más rico del país, caminaba después de una importante reunión. Entre la multitud, notó a una mujer sin hogar sentada en una esquina, con los ojos llenos de desesperación.
Movido por la compasión, se detuvo, sacó un gran fajo de billetes y se lo entregó. “Usa este dinero para cambiar tu vida”, le dijo con una sonrisa amable. La mujer lo miró con sorpresa, tomó el dinero rápidamente y sin decir palabra.
Pero lo que hizo después dejó a Carlos Slim completamente helado. De inmediato, la mujer se levantó y corrió hacia un callejón cercano, donde la esperaba un grupo de hombres con aspecto desaliñado. Sin dudarlo, les lanzó el dinero y exclamó entre risas:
“¡Ahora tenemos para seguir la fiesta!”
Carlos Slim quedó paralizado. Se dio cuenta de que su generosidad no había ayudado a alguien necesitado, sino que había financiado a un grupo de drogadictos. Una sensación de culpa y decepción lo invadió por completo.
Desde ese día, Carlos Slim dejó de dar dinero al azar. En su lugar, comenzó a invertir en organizaciones benéficas que realmente pudieran cambiar vidas. Sin embargo, la imagen de aquella mujer sin hogar lo persiguió para siempre, como una amarga lección sobre la bondad mal dirigida.